• Alrededor de 1972 mi papá le compró una calculadora a mi hermano Francisco quien estudiaba ingeniería industrial en la Universidad Iberoamericana, todo mundo le decía simplemente la IBERO.

    La calculadora era la primera calculadora científica que podía hacer cálculos de trigonometría y varias operaciones matemáticas, era la HP 35 de Hewlett Packard, era lo más avanzado para su época, de tal suerte que hizo obsoleto el uso de la regla de cálculo, herramienta que todos los ingenieros utilizaron hasta ese año.

    Tenía mucha curiosidad en ver como funcionaba y me intrigaba saber para qué servían tantas operaciones, así que mientras estuve en la secundaria, por allí de 1975 la empecé a utilizar para resolver problemas de las clases de matemáticas. Una característica era que desplegaba muchos dígitos a la vez a diferencia de las calculadoras simples y comunes que solo mostraban dos decimales.

    Pasaba el tiempo el tiempo jugando con ella y observando los resultados de sus diferentes funciones un valor que me llamaba la atención era saber cuál era la raíz cuadrada del numero 2.

    En 1979 entré al tercer año de preparatoria, estudiaba en el Centro Universitario México, mejor conocido como el CUM, situado en la Colonia del Valle en la calle de Nicolás San Juan.

    Primer día de la clase de cálculo, en el CUM había mucho orden, los alumnos normalmente se comportaban bien y había un gran respeto a los profesores. El profesor inicia su clase y nos empieza a dar una sermón, un poco como para intimidarnos, porque íbamos a entrar el mundo del Cálculo Diferencial e Integral.

    Nos dice que somos ignorantes y que no estamos listos para esta clase, de repente señala un alumno al azar y le dice; dígame usted cuál es la raíz de 2?, el alumno se queda callado sin saber que decir, el profesor confirma; ven ustedes no están listos. Señala de nueva cuenta a otro alumno y pasa lo mismo, en eso me señala e insiste; cual es la raíz de 2? entonces le contesto: uno punto cuarenta y uno, cuarenta y dos, ciento treinta y cinco, sesenta y dos: 1.414213562 . Lo había memorizado años antes, hasta la fecha lo recuerdo.

    El grupo de 60 alumnos suelta una gran carcajada, el maestro sorprendido se pone rojo de la vergüenza y me contesta; muy buena, pero con 1.414 era más que suficiente, iniciemos la clase entonces!

  • ¡Una Super-Pelota!

    Pienso que fue mi cumpleaños número tres, es decir, esto fue en 1964. Mi papá me despertó y me dijo: hoy es tu cumpleaños qué quieres que te de de regalo? Inmediatamente pensé, quiero una super-pelota, seguramente porque había visto que mi hermano Pancho tenía una y me había gustado mucho ver como rebotaba en las paredes.

    La Super-Pelota era una pelota negra de caucho que era muy dura y muy pesada, tenía la característica que rebotaba mucho, el problema es que te podía golpear y lastimar, me parece que con el tiempo fueron descontinuadas por esa razón.

    En aquella época vivíamos en la colonia Prado Churubusco, en el sur de la Ciudad de México, en la calle de Escorpio que era del tipo que hoy se le llama “Cul de Sac”, calle cerrada que terminaba en una glorieta con una palmera en medio. Junto a la casa había una pequeña tienda llamada “La Chamberí”.

    Fuimos a la tienda y la dueña, que creo se llamaba Doña Tere, nos atendió y sí, si la tenía envuelta en una bolsa de plástico y un cartón engrapado con la marca del juguete.

    Adicionalmente mi papá le pidió unos dulces, así yo feliz. Ese es mi primer recuerdo de haber recibido mi regalo de cumpleaños. La verdad es uno de los primero recuerdos de mi Super Papá