Mi papá solía bromear con mi mamá en ocasiones y le decía: “Si no me hubieras conocido, estarías vendiendo pepitas en las esquinas”.
Como les comenté en otra historia, (ver historia del El Oro) mis papás tuvieron orígenes muy humildes: crecieron en el pueblo de El Oro, en el Estado de México.
Creo que a principios de los años cuarenta la familia de mi mamá emigró a la Ciudad de México buscando mejorar el nivel de vida. No tengo claro cuándo lo hizo mi papá con su familia.
Los recuerdos de mi mamá sobre su papá no son los más favorables. Ella recuerda que, aun cuando ya había electricidad en el pueblo, mi abuelo se rehusó a utilizarla, y vivían a base de carbón y leña para cocinar, y de lámparas de aceite para alumbrar las recámaras.
El Oro es un lugar que en invierno es muy frío, un frío que literalmente te llega a los huesos. Me parece haber escuchado que se ponían papel periódico entre la ropa para poder soportar tan bajas temperaturas.
Al abuelo no le gustaba gastar dinero, y esto trajo muchas incomodidades para toda su familia.
Mi mamá, ya en la Ciudad de México y muy pequeña, por necesidad salió a buscar trabajo en el centro, muy cerca de la plaza central, el Zócalo, y entró a un taller en donde se solicitaban costureras.
—¿Qué quieres, niña? —le preguntaron.
—Quiero trabajo —contestó mi mamá.
Ella comenta que su imagen era de dar lástima: muy joven y con ropas muy sencillas. La encargada se compadeció de ella, le dio una silla y algo para que cosiera con aguja e hilo.
Fue así, con tantas carencias, que mi mamá se hizo de una personalidad muy fuerte y siempre con el ánimo de salir adelante. Ella siempre comentó: “A mí no se me cerraba el mundo”.
Esa necesidad de tener un temple fuerte para sobrevivir dejó huellas en su personalidad para toda la vida. Siempre hizo todo lo que tenía que hacer y buscó soluciones para sus problemas.
Todos los hermanos coincidimos en que mi mamá tuvo grandes méritos: tenía la casa impecable, organizó toda la logística familiar, nos dio de comer muy sanamente y con muchos platillos, y siempre tuvo todo en su lugar. Pero también coincidimos en que mi mamá nunca fue “de cariñitos”, tal vez por la frialdad del abuelo con ella.
En una ocasión mi papá salió a trabajar y se olvidó de dejarle dinero a mi mamá para comprar la comida en el mercado y darle de comer a sus tres hijos pequeños. En aquel entonces no tenían teléfono. Cuando regresó tarde en la noche, mi papá se dio cuenta en el camino de esta situación y llegó muy preocupado a la casa. Para su sorpresa, todo en casa estaba bajo control.
—¿Qué hiciste para darles de comer si no tenías dinero? —preguntó mi papá.
—Salí a vender periódico. ¿Cuál es el problema?

Mi mamá se volvió una gran vendedora, muy persuasiva, muy buena para relacionarse con personas desconocidas y caerle bien a la gente.
Por otro lado, mi padre, con gran iniciativa y una gran auto-motivación, se formó a sí mismo: estudió contabilidad, trabajó en bancos reconciliando las cuentas de los clientes y no podía salir hasta que todo quedara en su lugar.
Con el tiempo se volvió un buen financiero y, más tarde, un exitoso empresario, lo que se reflejó en el nivel de vida de la familia, que con los años se fue alejando más y más de aquellos orígenes de El Oro.
En 1963 mis papás fueron por primera vez a Europa. Era la época de la moda al estilo Jacqueline Kennedy; los vestidos de mi mamá reflejaban totalmente la época.
Estando en París, y dado que a mi mamá le gustaba ir de compras, decidieron cada uno ir por su cuenta a visitar las tiendas y las atracciones que estaban en los alrededores. Quedaron de verse a una hora determinada en una esquina.
El caso es que, en una tienda, mi mamá, haciendo uso de sus habilidades, empezó a hacerle plática a una señora de Estados Unidos. Mi mamá se da a entender en inglés de una manera u otra: “no se le cierra el mundo”. Siguieron conversando por unos momentos y después llegó la hora de reencontrarse con mi papá.
La otra señora vio a mi mamá en la esquina y le preguntó:
—¿Qué haces?
—Estoy esperando a mi esposo.
—Mi esposo también va a pasar por mí.
El carro del esposo de la señora llega y la nueva amiga le dice:
—No te podemos dejar aquí parada en la esquina. Por favor, entra al carro y aquí esperamos a tu marido.
Mi papá llega a la esquina y no ve a mi mamá. Ve para todos lados y, en eso, llega una gran limusina negra, muy lujosa, y, para sorpresa de mi papá, adentro está mi mamá.
—Súbete —le dice mi mamá a mi papá.
Mi papá se sube y, ya adentro, ella le dice:
—Mrs. and Mr. Nixon, let me introduce to you my husband, Mr. Romero.
Era Richard M. Nixon y su esposa Pat, quienes un par de años antes habían perdido las elecciones presidenciales contra John F. Kennedy, y quien años más tarde sería presidente de los Estados Unidos. Tendría que renunciar por el escándalo del Watergate.
Así que, cuando mi papá le decía: “Si no me hubieras conocido, estarías vendiendo pepitas en las esquinas”, mi mamá siempre respondía: “Eso crees tú. ¡Yo hasta te presenté a Nixon!”.






























































